Prostitutas para menores charlie y la fabrica de prostitutas

prostitutas para menores charlie y la fabrica de prostitutas

The Final Nightmare , sexta entrega de la saga en la que había participado anteriormente. En los créditos figura como Oprah Noodlemantra.

Por su actuación, fue candidato a un Globo de Oro en la categoría mejor actor en comedia o musical. La primera narra la historia de un joven afincado en Nueva York que se ve obligado a regresar a sus orígenes en Arizona , donde comienza una nueva etapa de su vida. Todd McCarthy , de la revista Variety , elogió la actuación de Depp. En , en una nueva producción de Burton, interpretó al director de cine Ed Wood en la película del mismo nombre.

Sin embargo, la crítica elogió la actuación de Depp. Pistone , un infiltrado en una poderosa familia de la mafia italiana. El resto del elenco estuvo conformado por Al Pacino y Michael Madsen. La película fue candidata al Premio Óscar al mejor guion adaptado y fue un éxito taquillero, puesto que recaudó casi millones de dólares. Allí, encarnó a un periodista llamado Raoul Duke y compartió reparto con el actor puertorriqueño Benicio del Toro.

Con el tiempo, la surrealista cinta consiguió un estatus de culto. Roger Ebert criticó la actuación de Depp diciendo: Después de que River Phoenix murió de una sobredosis fuera del club de Depp, no creo que esto le debería dar gracia. Allí interpretó a Dean Corso, un comerciante de libros exóticos.

También realizó una pequeña aparición en el programa de sketches de la BBC The Fast Show , interpretando a un cliente de una tienda que es interrogado por dos sastres. En protagonizó la película dirigida por Ted Demme Blow , donde encarnó a George Jung , un expresidiario y exnarcotraficante estadounidense que fue miembro del Cartel de Medellín y el mayor responsable de la importación de cocaína a los Estados Unidos en la década de y en el inicio de la de El personaje de Depp es el encargado de investigar los misteriosos asesinatos a prostitutas en el barrio londinense de Whitechapel.

Posteriormente, protagonizó la película de aventuras Pirates of the Caribbean: La productora, Walt Disney Pictures , contrató a Depp para el personaje, aunque en un principio se pensó en Hugh Jackman. Esta cuenta la vida de un escritor de obras de teatro, que al experimentar un fracaso, decide crear una nueva historia, fomentada por Sylvia —interpretada por Kate Winslet — y sus hijos. En protagonizó dos películas de Burton: En la primera, encarnó al peculiar fabricante de dulces Willy Wonka.

Son solo un par de personas sentadas diciendo: La cinta fue candidata al Óscar a la mejor película de animación. Depp citó a Peter Lorre en Las manos de Orlac como su principal influencia para el papel, practicó las canciones del musical durante el rodaje de Pirates of the Caribbean: Viéndole ejercer en la barbería con sus navajas A pesar de esto, su oído es, obviamente, excelente, porque su tono es perfecto.

A pesar de la tonalidad de Sweeney, exteriormente es un hombre malhumorado, consumido por una furia asesina que amenaza con estallar cada vez que respira y se prepara para hablar. Depp recibió su tercera nominación al Óscar y ganó su primer Globo de Oro por su actuación en Sweeney Todd: The Demon Barber of Fleet Street. Roger Ebert comentó que le agrado la actuación. Por su papel en Alicia en el país de las maravillas , consiguió su décima nominación al Globo de Oro.

Asimismo, Depp realizó un cameo en la tira animada Padre de familia , reviviendo a su personaje Edward Scissorhands.

Fue capaz de revivir el personaje cuando le mostramos un pedazo de la cinta. En participó en Into the Woods , donde encarnó a El Lobo. En octubre de entró en negociaciones para protagonizar la película.

El 27 de mayo de se estrenó la secuela de Alicia en el país de las maravillas , titulada A través del espejo , donde Depp y Mia Wasikowska repitieron sus papeles del Sombrerero y Alicia.

The Movie , realizada y distribuida por el portal humorístico Funny or Die. Owen Burke, editor jefe de Funny or Die, dijo: Ese mes se reveló que encarnaría a Gellert Grindelwald , un amigo de la infancia de Albus Dumbledore y poderoso mago oscuro, extremadamente peligroso. Si bien el papel es menor en el primer largometraje —Depp solo realizó un cameo en este—, cobra importancia en la secuela.

En se estrenó la quinta entrega de la saga Piratas del Caribe, Piratas del Caribe: Siendo amigo de Shane MacGowan del grupo The Pogues , colaboró en el primer disco solista del compositor.

Depp se casó con la maquilladora Lori Anne Allison el 20 de diciembre de , pero se divorció de esta en Después de su separación con Moss, comenzó una relación con la actriz y cantante francesa Vanessa Paradis , a la cual conoció en el rodaje de The Ninth Gate , en Francia, en En junio de , luego de catorce años de relación, anunciaron su separación.

A veces, ciertamente desagradable, pero esa es la naturaleza de las rupturas, supongo, sobre todo cuando hay niños de por medio [ No puedes protegerlos, porque estarías mintiéndoles. Durante su separación con Paradis, el actor entabló una cercana amistad con el cantante de heavy metal Marilyn Manson.

Creo que hubo una especie de destino que nos juntó recientemente. Heard proporcionó fotos, vídeos y mensajes de texto en los que demostraba que estaba siendo víctima de abusos. Llamó a la Policía, pidió una orden de alejamiento —que, por cierto, le concedieron; es decir, que un juez determinó que se trataba de pruebas convincentes— y pidió el divorcio.

Tiempo después, los representantes del actor presentaron documentos judiciales que respaldaban las declaraciones de Heard, en los que se alegaba que el actor había abusado de ella en varias ocasiones y que incluso había intentado encubrirlo. En enero de , Depp y Heard llegaron a un acuerdo; Depp le pagaría a ella 7 millones si retiraba la orden de alejamiento contra él y firmaba los acuerdos del divorcio.

Luego del divorcio entre ambos, la actriz se comprometió a donar los 7 millones de dólares que le correspondían por el acuerdo del mismo a caridad, los cuales finalmente donó.

Por dicha donación, Heard se encuentra en la lista de honor del hospital de niños de Los Angeles. Depp sufrió una de las peores etapas de su vida luego de su ruptura con Winona Ryder; comenzó a concurrir frecuentemente a fiestas liberales y fue detenido por hacer destrozos en su suite ubicada en un hotel en Nueva York. El lugar es recordado por la muerte del actor River Phoenix , quien murió frente a este durante un concierto de la banda P debido a una sobredosis de drogas. Fue arrestado en tras pelearse con un paparazi frente a un restaurante mientras cenaba en Londres con su entonces pareja Vanessa Paradis.

El actor recibió el encargo de presentar el premio al mejor documental al productor Shep Gordon en los Hollywood Film Awards. Sin embargo, allegados al actor dijeron que a pesar de que Heard rompió su sobriedad, no necesariamente fue una mala influencia.

También declararon que ella y su familia buscaron ayuda contra este problema. Esta posee seis playas y solo es accesible por barco o hidroavión. Sin embargo, este es alcohólico y conduce un automóvil robado. La asociación Christian Coalition of America criticó al actor diciendo: El 16 de octubre de asistió a un episodio del show televisivo Larry King Live. Cuando el entrevistador, Larry King , le preguntó si tenía fe , Depp respondió: Depp se ha hecho acreedor a una considerable variedad de reconocimientos y honores a lo largo de su trayectoria en el cine.

The Curse of the Black Pearl También fue honrado con una estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood. Resultó nominado a otro Globo de Oro como mejor actor en comedia o musical por su participación en la película Sweeney Todd: The Demon Barber of Fleet Street de Por esta cinta también obtuvo su tercera candidatura al Premio Óscar. En recibió su primera nominación al Premio Golden Raspberry también conocido como Premio Razzie por su desempeño en el largometraje El llanero solitario.

El premio se lo quedó Jaden Smith por su trabajo en After Earth. En agosto de se presentó a la convención de admiradores Expo D23 de Disney para aceptar el galardón Leyenda Disney.

De Wikipedia, la enciclopedia libre. Filmografía de Johnny Depp. A Nightmare on Elm Street The Final Nightmare El sueño de Arizona Don Juan DeMarco Nick of Time Fear and Loathing in Las Vegas The Ninth Gate The Astronaut's Wife Antes que anochezca Desde el infierno The Man Who Cried Pirates of the Caribbean: Once upon a time in Mexico Lost in La Mancha La ventana secreta Happily Ever After Dead Man's Chest At World's End The Demon Barber of Fleet Street The Imaginarium of Doctor Parnassus Alicia en el país de las maravillas On Stranger Tides The Rum Diary Jack and Jill For No Good Reason El llanero solitario Into the Woods Alicia a través del espejo Donald Trump's The Art of the Deal: Asesinato en el Orient Express Los Crímenes de Grindelwald P de P - guitarra, bajo y coros The Demon Barber of Fleet Street banda sonora Music from Another Dimension!

Son of Rogues Gallery: Lost on the River: Hollywood Vampires de Hollywood Vampires - guitarra. Premios y nominaciones de Johnny Depp. Consultado el 21 de junio de Consultado el 6 de febrero de Consultado el 14 de agosto de Consultado el 15 de febrero de Consultado el 25 de julio de Consultado el 2 de agosto de Vanity Fair en inglés.

Archivado desde el original el 13 de abril de Consultado el 3 de marzo de Archivado desde el original el 3 de enero de Consultado el 31 de diciembre de Consultado el 19 de julio de Consultado el 6 de agosto de Consultado el 8 de agosto de A Kind of Illusion en inglés Segunda edición. Consultado el 26 de julio de Tenía la impresión de estar al interior de una caja de conserva o de alguna mezcolanza junto a una cuchara gigante.

Con eso quiero decir que lucían sus rostros habituales, los muy puercos…Fue entonces cuando los pude ver mejor, que me di cuenta hasta qué punto tenían un aspecto vomitivo, los burgueses de siempre. Debían de venir de regreso de sus asquerosos trabajos. Después verían la tele, de allí a sus camas, y a recomenzar la faena: Yo pensaba para mis adentros: De contar con la pandilla. Esas eran las mismas ideas que cruzaban mi mente durante mis siguientes ''viajes''. Yo miraba a Piet.

Estaba contenta de encontrarme afuera. Todas las luces eran de una intensidad increíble. En el Metro sentí frío. Después me dio mucho calor. Tuve la sensación de estar en España y no en Berlín. La luz era deslumbrante. No le comenté a Piet que estaba volada. Piet, que estaba volado también, propuso que fuéramos a la casa de una amiga.

Una chica a la que el quería mucho. Era probable que los padres se encontraran ausentes. Me vino una crisis de angustia.

Los pilares de cemento oscilaban…. Luego, al pensar que yo estaba volada me preguntó: No he dicho nada. Tienes las pupilas vagamente dilatadas''. Entonces el mundo se embelleció nuevamente. Me senté sobre la hierba. Una casa, el vecindario, compartían un muro anaranjado resplandeciente. Se diría que el sol se había levantado para reflejarlos. Las sombras danzaban como si quisieran borrarse ante la presencia de la luz. El muro se hundía y de repente pareció que iba a estallar en llamas.

Nos fuimos a la casa de Piet. El tenía un talento de pintor impresionante. Me precipité enfrente del cuadro. No era la primera que lo veía y siempre había pensado que representaba a la Muerte. En esa ocasión, no me produjo miedo alguno. Comencé a sentirme invadida por pensamientos muy ingenuos. Creí que ese esqueleto era incapaz de maltratar a un caballo tan vigoroso. Hablamos largamente acerca del cuadro.

Cuando me iba, Piet me prestó algunos discos para ''aterrizar''. Entré a la casa. Mi madre, por cierto, me esperaba. Fue el eterno lío de siempre: La consideré absolutamente ridícula, gorda y grasienta enfundada en su camisa de dormir blanca y su rostro retorcido por la rabia.

Como los personajes del Metro. No abrí la boca. Justo lo indispensable y sólo frases cortas sin importancia. Ya no quería que me tocara. Yo me figuraba, en aquel entonces, que ya no necesitaba a una madre ni una familia. Ahora vivíamos en mundos completamente diferentes. Mi madre y su pareja por un lado y por el otro estaba yo, completamente sola. Ellos no tenían la menor idea de lo que yo hacía. Pensaban que yo era una niña totalmente normal que atravesaba el difícil período de la pubertad.

De todos modos, ellos no comprenderían. Y no hacían otra cosa que bombardearme de prohibiciones. En todo caso, eso era lo que creía.

Me apenaba verla regresar del trabajo, estresada y nerviosa, extenuada, para comenzar con las labores domésticas. Me he hecho esa pregunta en numerosas ocasiones.

La respuesta es simple: No me quería rendir ante la evidencia de que mi hija se había iniciado en las drogas. Mantuve los ojos cerrados el mayor tiempo que pude. Mi pareja, -el hombre con el que vivía después de mi divorcio- estaba sospechoso de la situación hacía tiempo.

Pero yo le decía: Al cabo de un me pregunté a mí misma porque ella actuaba así. Me tomé las cosas muy a la ligera. Sin duda, cuando uno trabaja, no se preocupa lo suficiente de lo que les sucede a nuestros hijos.

Por cierto, Christianne llegaba, en ocasiones, con retraso. Pero ella siempre me daba una buena excusa y yo tendía a creer lo que ella me decía. También traté de justificar su creciente rebeldía como algo típico de su edad y pensaba que se le iba a pasar. Yo no quería ser exigente con Christianne. Personalmente, sufrí mucho en mi adolescencia por ello.

Tuve un padre extremadamente severo. En el pueblo de Hesse, en el que nací, era un ciudadano notable, dueño de una cantera. Su educación consistía exclusivamente en prohibir. Si yo tenía la desgracia de hablar con muchachos- sólo conversar con ellos-, ya era merecedora de un par de bofetadas.

Yo me paseaba con una amiga. Dos muchachos nos seguían, a unos cien metros de distancia. Y de pronto, por casualidad, pasó mi padre por allí. Se detuvo en seco, bajó de su auto, y me dio una bofetada en plena calle, me introdujo en el auto, y me llevó de regreso a casa.

Tenía dieciséis años en esa época y sólo penaba en una cosa: Mi madre era una mujer con un corazón de oro. Pero ella no tenía derecho a opinar en estas cuestiones.

Yo soñaba con convertirme en una mujer culta, pero mi padre me obligó a realizar estudios de comercio para que así pudiera llevar la contabilidad en su empresa. Fue en esa época que conocí a mi esposo, Richard.

El también estudiaba para satisfacer los deseos de su padre. Al comienzo, lo nuestro se inició como una relación amistosa solamente. Mi padre decidió impedir que me viese con él. Tenía dieciocho años cuando esto ocurrió. Richard tuvo que suspender sus estudios y nos fuimos a instalar al Norte, al pueblo en el que vivían sus padres. Nuestro matrimonio fue un completo fracaso. Desde el comienzo, no podía contar con mi marido a pesar de mi embarazo, me dejaba sola durante noches enteras.

El sólo pensaba en su Porsche y en sus grandes proyectos. El quería ser, a toda costa, un individuo destacado. Repetía constantemente que antes de la guerra su familia había sido prominente y que sus abuelos eran propietarios de un diario, de una joyería, de una carnicería y de algunas haciendas. Aseguraba que el podía perfectamente llegar a tener su propia empresa. En ocasiones, se obstinaba en montar un negocio de transportes, después en la venta de automóviles y también en asociarse con un amigo en un negocio de horticultura.

Y en la casa, se desquitaba con las niñas. No me atrevía a interponerme porque las pequeñas lloraban. Era yo la que aportaba la mayor parte de los ingresos que requeríamos para subsistir. Cuando Christianne tenía cuatro años encontré un buen trabajo en una agencia matrimonial.

En ocasiones, me vi. Después de dos años, las cosas marcharon relativamente bien. Luego Richard se disputó con mi jefe y perdí mi trabajo. Richard había decidido abrir una agencia matrimonial a todo vapor. Con sede en Berlín. Nos trasladamos en Yo esperaba que este cambio de escenario le brindaría una nueva oportunidad a nuestro matrimonio.

Richard no encontró los medios necesarios para desenvolverse. Todo comenzó a ser como en el principio. Su ira la volcó en las niñas y en mí. Una vez, en uno de esos períodos encontró trabajo en el comercio. En el fondo, el era incapaz de resignarse a ser como los otros habitantes de Gropius: Yo pensaba a menudo en el divorcio pero me faltaba coraje para tomar una resolución definitiva. La poca confianza en mí misma que me había inspirado mi padre, mi marido se encargó de destruirla.

El sentimiento de ser considerada, de hacer algo nuevamente, me devolvió las fuerzas. Dejé de aceptar totalmente a mi marido. Comencé a considerar ridícula su megalomanía. Hicimos varios intentos de separarnos pero nunca resultaron. Y también a causa de nuestras hijas. No podía encontrar un par de vacantes en un jardín infantil para las pequeñas, y por otro lado, tampoco podía costear ese gasto. Es por eso que yo estaba tan contenta cuando sabía que Richard estaba en casa de cuando en cuando… Así fue como comencé a aplazar mi decisión.

Finalmente, en , me sentí lo suficientemente fuerte para reparar en mi error. Fui a ver a un abogado y solicité el divorcio. Debía abrirse paso libremente, sin exigencias. Yo deseaba ser una madre moderna. Lo que ocurrió posteriormente fue que me demostré demasiado permisiva. Una vez que obtuve el divorcio, tuve que buscar un nuevo departamento para vivir.

Encontré uno por marcos mensuales con garaje incluido aunque no lo necesitaba porque no teníamos auto. Era mucho para mí pero no tenía otra alternativa. Quería abandonar a mi marido y deseaba, a cualquier precio, que las niñas y yo pudiéramos iniciar una nueva vida.

Richard no tuvo que invertir en una pensión alimenticia. Me dolía el corazón el no poder ofrecerles un hogar confortable a mis hijas. Ahora que me había divorciado deseaba que esa situación cambiase. Quería tener, finalmente, un bonito departamento en el que las tres nos sintiéramos contentas. Para eso trabajaba, para realizar mi sueño. Perseguí ese propósito con obstinación y entusiasmo. Las niñas pudieron tener un bonito cuarto y ellas mismas eligieron los papeles de los muros y los muebles a su gusto.

En pude comprarle un tocadiscos a Christianne. Todo aquello me llenaba de alegría. A menudo, les compraba confites cuando regresaba a casa después de la oficina. A veces, cualquier tontería. Pero yo me sentía tan contenta de poder comprarles cualquier cosa en esas grandes tiendas…Por lo general, se trataba de artículos que estaban rebajados: Ellas se me arrojaban al cuello.

Ahora me doy cuenta, por supuesto, de que era una forma de tranquilizar mi conciencia, una compensación a cambio de mi falta de dedicación a ellas. Debí prestar menos importancia al dinero y ocuparme de mis hijas en vez de trabajar tanto fuera de casa. Hasta la fecha no logro comprender bien mi actitud.

En todo caso, a fuerza de haber escogido una opción negativa como lo fue el procurar tener una decoración atractiva en mi casa, perdí completamente de vista las prioridades reales. Cambié el sentido real de todas las cosas al punto que siempre me reprocho nuevamente que dejé a mis hijas libradas a su propia suerte.

Tampoco se me pasó por la mente, en aquella época, que ella había comenzase a rodar por una mala pendiente. Observaba muy bien lo que ocurría a nuestro alrededor, en nuestro barrio, Gropius. Allí había riñas todos los días. Se bebía de vez en cuando y no era extraño ver a un hombre, o a una mujer, o también a un adolescente, perdidamente borrachos y tirados en el piso.

Yo pensaba, honestamente, que estaban encaminadas por la buena senda. Por las mañanas, las niñas iban al colegio, al mediodía ellas se preparaban su almuerzo, y en la tarde a menudo iban al club de los ponys.

Ambas sentían una verdadera pasión por los animales. Al cabo de un tiempo, todo funcionaba bien, aparte de algunas escasas escenas de celos entre las niñas y Klaus, mi pareja, que se vino a vivir con nosotras. El era, en cierto modo, mi tabla de salvación. Pero cometí un grave error: Richard se sintió solo y le prometió un montón de cosas. Por lo tanto, Christianne se empezó a encontrar sola cuando regresaba a casa después del colegio.

Comenzó a tener malas compañías. Pero yo no me daba cuenta de nada. Pasaba, a menudo las tardes con su amiga Kessi, lo que me parecía muy razonable para su edad. Y la madre de Kessi controlaba de vez en cuando a las dos niñas. Éramos vecinas y así como Christianne iba a la casa de Kessi, ésta a su vez frecuentaba la nuestra. Ellas tenían entre doce y trece años, la edad en la cual se empieza a sentir curiosidad por todo, a desear tener experiencias.

Tampoco encontré nada que objetarles cuando iban por las noches al Hogar Social, el centro juvenil patrocinado por la Iglesia Evangélica. Yo estaba convencida que entre aquellas personas, Christianne se hallaba en buenas manos.

Por eso mismo, ni en mis peores pesadillas habría soñado que allí fumaban hachís. Por el contrario, después de ver a Christianne tan triste después de la partida de su hermana podía apreciar en ella a una adolescente muy alegre.

Después de trabar amistad con Kessi se comenzó a reír de nuevo. Se ponían a hablar un montón de tonterías que ni yo podía impedir reírme. Mi familia era la pandilla. Con ellos encontré la amistad, la ternura y aquellos sentimientos que se asemejan al amor. Cada uno le aportaba al otro una pequeña dosis de ternura y amistad. Los problemas en la pandilla no existían. Nadie fastidiaba a los otros con sus problemas familiares o laborales. Pero yo me sentí espectacular… Tuve la impresión de haber aprobado un examen.

Y después ocurrieron algunas cosas dentro del grupo. Se empezó a sentir una sensación de vacío. La hierba y los ''viajes'' ya no nos estimulaban realmente. Estamos habituados a sus efectos y aquello ya no nos provocaba sensaciones especiales, era como permanecer en la normalidad. Una tarde, un miembro de la pandilla llegó al Hogar y anunció: Me tomé dos comprimidos de Efedrina- era un estimulante- sin saber lo que estaba tragando.

Tuve que hacer un esfuerzo. De repente, en el Hogar comenzó a circular todo tipo de comprimidos. Aquella vez, el mundo me pareció maravilloso y mis compañeros de pandilla, encantadores. Durante las semanas siguientes arrasamos con todas las farmacias. En la escuela las cosas iban de mal en peor. Renuncié a realizar mis deberes escolares. Por las mañanas no estaba nunca lo suficientemente despejada- Pasé de curso.

Pero era justamente en aquellas materias que había aprobado en donde justamente encontraba las mayores dificultades: La manera cómo nos trataban, - y las formas como se comportaban los muchachos entre ellos, me parecía abominable.

Recuerdo como estallé ante un profesor que nos habló acerca del medio ambiente. No había que tomar apuntes ni nos daban lecciones para estudiar en casa. El bla bla bla del profesor me exasperaba y consideraba que no pasaba la materia que era la que realmente importaba. Fue por eso que en una ocasión exploté y vociferé: Es la manera en que las personas deberían aprender a vivir armónicamente entre ellas.

Así eran las cosas en la escuela. Ocurría lo mismo con las otras clases. Había un profesor al que me gustaba verlo sentado -porque el sólo hecho de verlo de pie me irritaba- y desde mi asiento, lo insultaba. La escuela me tenía realmente hastiada. Nadie le tendía una mano al otro y cada cual velaba por lo suyo propio y basta. Los profesores aplastaban a los alumnos.

Ellos sustentaban el poder. Eran ellos los que ponían las notas. Y a la inversa, si caían en manos de un profesor bonachón y que no sabía imponerse, eran los alumnos los que hacían gala de un poderío colectivo. Yo estaba consciente de aquello pero eso no me impedía molestar en las clases cada vez que se me ocurría. Mis compañeros no entendían que yo lo hacía porque me daba cuenta que el profesor había dicho en ese momento una estupidez cualquiera.

Sin embargo, tampoco se daban cuenta cuando yo intentaba hablar en serio, cuando decía que la escuela era una mierda…. En el fondo eso no me importaba mayormente porque mis intereses residían en ser reconocida por los muchachos de la pandilla.

Y en la pandilla, toda esa mierda, la competencia, el stress, etc. Pero al mismo tiempo terminé por sentirme con frecuencia un poco aislada y participaba cada vez menos de las discusiones. De todos modos, siempre hablaban de lo mismo: Por lo general, me sentía tan deprimida, que no sentía ganas de hablar y sólo aspiraba a estar absolutamente sola en mi rincón.

En el ínter tanto descubrí un nuevo objetivo: Toda la ciudad estaba repleta de afiches que anunciaban: Los muchachos de la pandilla iban con frecuencia pero no admitían menores de dieciséis años y yo recién había cumplido trece. Falsifiqué la fecha de mi nacimiento en el carné de identidad escolar pero igual sentía temor de que no me dejasen entrar. Yo sabía que en la ''Sound'' existía La Parva, lugar de encuentro entre drogadictos y revendedores. Allí había de todo, desde hierba hasta heroína pasando por el Mandrake y el Valium.

Yo pensaba que ese sitio estaba repleto de tipos caperuzos. Un lugar fabuloso para una niña como yo que de Berlín sólo conocía sólo el trayecto entre Rudow y el sector de Gropius. Yo ya había programado muchas veces ir a ese sitio con los otros pero nunca me resultó. En una ocasión, Kessi y yo ideamos un plan de batalla preciso: Nuestras madres cayeron en la trampa.

Una amiga de Kessi llamada Peggy era un poco mayor que yo vendría con nosotras. Nos juntamos en su casa para esperar a su novio, Micha. Kessi, con aire de importancia me explicó que Micha se inyectaba heroína.

Yo estaba fascinada, impaciente por conocerlo. Era la primera vez que iba a conocer a alguien que yo supiera en forma fehaciente que se inyectaba. De repente, nuevamente me afloró el complejo de inferioridad. Micha nos trató con mucha condescendencia. Sin duda, me sentía muy inferior a él. Tomamos el Metro hasta la estación Kürfunstenstrasse. En esa época, eso significaba para mí un largo trayecto.

Me sentía muy alejada de casa. El lugar tenía un aspecto deprimente. Estaba lleno de chicas con aspecto de vagabundas. No tuve duda alguna del los sitios en los que se desempeñaban…. Vimos también a unos tipos que caminaban con un tranco muy lento. Peggy dijo que eran revendores. Nos fuimos a la ''Sound''. Cuando me encontré en el interior, casi me fui de espaldas. Nadie me contó ni imaginé nunca lo que vi.

La gente brincaba en la pista de baile y cada uno bailaba por su cuenta. El lugar olía mal y había olor a vino en el ambiente, en general. De vez en cuando, un ventilados, removía los efluvios….

Me senté en un banco y no me atrevía a moverme. Tenía la impresión de ser observada, que todo el mundo tenía la impresión que yo no tenía nada que hacer allí. Kessi entró apresuradamente al baño. Dijo que nunca había visto tantos minos juntos. Yo estaba como petrificada. Los otros andaban premunidos de alguna droga y tomaban cerveza.

Yo no quise tomar nada. Pasé toda la noche delante de dos jugos de frutas. Si me hubiera escapado habría regresado a mi casa. Esperé hasta las cinco, hora del cierre.

Durante un instante deseé que mi madre se enterase de todo y que me viniera a buscar. Si de pronto hubiera podido verla a mi lado…. Las otras me despertaron. Eran las cinco de la madrugada.

Kessi dijo que regresaría con Peggy. Tenía un espantoso dolor de estómago. Nadie se preocupó de mí. Completamente sola, me encaminé a la Kürfurstentrasse para dirigirme a la estación del metro. El metro estaba repleto de borrachos. Sentí deseos de vomitar. Hacía mucho tiempo que no me sentía tan contenta de abrir la puerta del departamento y de ver salir a mi madre salir del cuarto para acostarse.

Cogí a mis dos gatos y los llevé junto conmigo hasta mi cama y me acurruqué bajo los cobertores. Te equivocaste de camino''. Me levanté al mediodía, todavía media atontada. Deseaba hablar con alguien acerca de lo que me había ocurrido. Entre los chicos de la pandilla, nadie me comprendería… Eso ya lo sabía. No podía conversar de aquello sino que con mi madre.

No sabía cómo comenzar. Mi madre me miró horrorizada. Es un centro nocturno enorme. También hay un cine''. Por su lado, mi madre me dirigió uno de sus habituales reproches. Esperé que me hiciera preguntas. Ella estaba estresada nuevamente porque ese domingo al mediodía tuvo que asear, cocinar y discutir con Klaus. No tenía ganas de trenzarse en una discusión conmigo. Yo no tenía valor para hablar. Por otra parte, yo no estaba totalmente consciente de tener deseos de hablar.

Al fin de semana siguiente, Kessi vino a pasar la noche a mi casa, tal como habían convenido nuestras madres.

La arrastré hasta mi casa. Yo también había tomado algo pero todavía no se me hundían los ojos. Kessi se plantó en la mitad de la calle y se extasió al contemplar que dos autos alcanzaron a frenar justo delante de ella. Me vi obligada a arrastrarla a la vereda para que no la aplastaran. La deposité luego en mi cuarto. Pero mi madre, por cierto, se puso en estado de alerta de inmediato. Kessi y yo tuvimos la misma alucinación: Y permanecía inmovilizada en el umbral de la puerta.

Aquello nos provocó un ataque de risa que nos impedía parar de hacerlo. Veía a mi madre transformada en un dragón. Y, poco a poco, me habitué a la ''Sound''. Habíamos decidido pasar toda la noche en la ''Sound'' y - como de costumbre-, ambas mentimos al decir que la una se iba a alojar en la casa de la otra. Eso funcionó siempre bien porque ninguna de las dos teníamos teléfonos en nuestros domicilios. Por lo tanto, ninguna de ambas madres podía espiarnos.

Nos fuimos al Hogar Social donde se consumieron diez botellas de vino y después hicieron una mezcla espantosa de drogas. Yo ya conocía esa canción. La Efedrina, en algunas ocasiones, provoca crisis de remordimientos. Sin embargo, cuando noté que Kessi había desaparecido, me sentí desfallecer. Tenía una vaga idea en dónde la podría encontrar y me largué en dirección al Metro. Dormía estirada encima de un banco. En el suelo había un cucurucho de papas fritas, que se habían deslizado por su mano caída.

Antes de que lograse despertarla se detuvo un carro del metro y de allí descendió la madre de Kessi. Ella trabajaba en un sauna y entraba alrededor de las diez de la noche. Descubrió a su hija que estaba durmiendo supuestamente en mi casa. Le propinó un par de bofetadas: Se escuchó cómo restallaban.

Kessi se despertó con vómitos. Este par de bofetadas que se brindaron en la estación del Metro sirvieron para dos cosas. A Kessi le prohibieron volverme a ver para siempre y de allí en adelante la encerraron en su casa todas las noches. La pandilla no me aportaba gran cosa. Ellos eran ahora mis ídolos. Ahora estaba casi siempre parqueada. Kessi recibía cien marcos para su mesada y eso nos alcanzaba para comprar hierba y comprimidos. En lo sucesivo, debía encontrar la forma de obtener dinero por mi cuenta, porque lo necesitaba para ''volar''.

No tenía con quién ir a la Sound y empecé a partir hacia allí completamente sola. Ya no me bastaban dos comprimidos. Ahora necesitaba cuatro o cinco. Me detuve en el Hogar Social para mendigarle a alguien que me comprara una bebida semi-alcohólica y me largué hacia el Metro. Me alegraba muchísimo cuando en cada estación íbamos recogiendo clientes para la ''Sound''.

Se notaba de inmediato: Aquellos eran mis ídolos, los ídolos de la ''Sound''. En la escala de la ''Sound'' me tropecé con un chico. Me miró y murmuró algo. Era alto, delgado, con cabellos largos y rubios y con un aspecto extraordinariamente calmo. Permanecimos en la escala para iniciar una conversación. Me sentía increíblemente bien. Fue el primer chico que encontré realmente sensacional.

Para mí, ese fue el primer flechazo y era la primera vez en mi vida que sentía un sentimiento tan importante por un hombre. Atze me presentó a sus amigos. Era una pandilla espectacular, realmente una maravilla. Partí de inmediato al baño. Ellos se quedaron conversando acerca de drogas y los nuevos métodos para ''aterrizar'' y diferentes maneras de realizar ''buenos viajes''. Yo sabía tanto como ellos aparentaban saber. También hablaron de heroína. Estuvieron de acuerdo en reconocer que era una porquería y que era preferible volarse los sesos que involucrarse con esa porquería.

También pude opinar acerca de ese asunto. Adelgazaba tanto que todas las semanas me tocaba estrechar mis pantalones. Fue por eso que les pude contar algunos trucos: La pandilla me adoptó de inmediato sin que tuviera que hacer el menor esfuerzo por lograrlo. Y me sentía con tal confianza en mí misma, tal calmada, que ni yo misma lo podía creer. En la pandilla le decían '' el bañista''.

En aquella época el tenía una novia. Ella era una chica me caía podrida. Y cuando contaba una anécdota todos se doblaban en dos de la risa. Siempre decía lo preciso y lo conciso. Y yo la admiraba por ello. Había sólo un tipo del que había que desconfiar: Podía ser muy hiriente si se lo proponía.

Blacky de inmediato emitió un comentario retorcido.. Había que poner mucha atención en lo que se decía delante de él. Había otro muchacho que tampoco me gustaba mucho: No lo podía tolerar. Sin embargo, los chicos mencionados no constituían ni la mitad de esta nueva pandilla.

Cuando regresaba en el Metro, me sentía inundada de bondad. Aterrizaba muy dulcemente, sentía una agradable sensación de cansancio, y por la primera vez en mi vida, sentí que estaba enamorada. Atze era tierno, lleno de atenciones. En nuestro tercer encuentro en la ''Sound'', el me besó y yo le devolví su beso.

Eran besos muy castos. Esa era la gran diferencia que existía entre los alcohólicos y los drogadictos La mayor parte de los drogadictos son muy sensibles ante los sentimientos ajenos, al menos, eso ocurría entre los miembros de mi nueva pandilla.

Los alcohólicos, cuando atracaban, se arrojaban encima de las chicas. Nosotros no, nosotros teníamos ideas totalmente diferentes acerca de las cosas importantes. Atze y yo éramos como hermano y hermana. El era mi hermano mayor. Eso me daba la impresión de estar protegida.

Atze tenía dieciséis años, era aprendiz de vidriería y detestaba su oficio. El tenía ideas muy precisas acerca de cómo debía ser una chica excepcional. Para complacerlo, cambié de peinado y en una tienda usada me compré un abrigo el tenía un sobretodo. Un abrigo maxi con una rajadura en la parte trasera. Dejé de regresar a casa cuando cerraban la ''Sound'' porque me quedaba con los amigos de la pandilla.

En ocasiones, permanecíamos juntos durante todo el domingo. Le conté a mi madre lo que había ocurrido con Kessi, pero me inventé un par de compañeras que supuestamente me alojaban en las noches durante los fines de semana. Tenía una desbordante imaginación para relatarle a mi madre cómo y con quienes compartía los wikenes…Durante la semana me reunía siempre con la antigua pandilla en el Hogar Social.

Pero los sentía un poco distanciados, con un aire misterioso. A veces, les hablaba de mis aventuras en la ''Sound''. Yo creía que ellos me admiraban. Había hecho mayores progresos que ellos. Y desgraciadamente, varios de mis compañeros del Hogar me siguieron los pasos.

En la ''Sound'' había todo tipo de drogas. Yo consumía de todo menos heroína: También probaba un montón de mezclas y por lo menos dos veces a la semana, me compraba algo que me permitiera ''viajar''. Todo esto liberaba un combate descarnado dentro de nuestros organismos y por ello era que nos provocaban unas sensaciones tremendas…Uno podía escoger el estado anímico que deseaba disfrutar: Si prefería estar sentada tranquilamente en mi rincón o ver un film en el cine de la ''Sound'' tragaba Mandrakes y Valiums Al cabo de algunas semanas flotaba en las nubes a causa de mi buen humor.

Justo hasta un espantoso domingo. Al llegar a la ''Sound'', me encontré en una escalera con Uwe, un chico de la pandilla. Noté que Uwe tenía una voz extraña e intuí de inmediato: Me quedaba una esperanza: Atze estaba allí totalmente solo. Nada había cambiado, me abrazó y después guardó mis cosas en su casillero. En la ''Sound'', las provisiones se guardaban siempre en un casillero, o de lo contrario, a una la desvalijaban. Se sentó en forma muy natural junto a nosotros.

Ella era parte de la pandilla. Me distancié un poco y me dediqué a observarla. Era muy diferente de mí, bajita, regordeta, siempre sonriente. Ella era muy maternal con Atze. El no me quiere dejar por esta gorda idiota. Esa Moni es de ese tipo. Por otra parte, esa noche no tomé nada. A mi regreso, ya habían desaparecido. Los busqué como una loca por todas partes.

Los encontré en el cine. Todos comprendieron lo que me ocurría. Detlev pasó su brazo alrededor de mis hombros. Atravesé la calle y me oculté en un parque que estaba enfrente de la ''Sound''. Lloré como mala de la cabeza. De repente, noté que Detlev estaba a mi lado. Me pasó un pañuelo de papel y también otro, después.

Estaba demasiado preocupada por mi dolor para notar su presencia. No quería volver a mirar a Atze. No habría podido soportar mirarlo a los ojos mientras lloraba delante de todo el mundo por su culpa. Pero Detlev me llevó de regreso a la ''Sound''. De todos modos, era bueno que regresara a la ''Sound'' porque Atze tenía la llave del casillero en donde había guardado mis cosas.

Decidí ir entonces al cine para pedirle la llave. Pero no tenía el valor para quedarme allí después de recuperar mis cosas. Pasaron casi dos horas. Plantada delante de la ''Sound'', no sabía hacia dónde dirigirme. Tenía unas enormes ganas de evadirme. Pero no tenía un cobre. En eso pasó un muchacho de mi pandilla del Hogar Social: Yo sabía que el vendía LSD y que siempre tenía mercadería de la mejor calidad.

Le pedí que me diera la cantidad necesaria para pegarme un ''viaje''. El me pasó un cristal - de calidad ''extra''- sin preguntarme el porqué tenía una necesidad tan absoluta de realizar un viaje a semejante hora. Después decidí bajar a bailar. Bailé durante casi una hora y me moví como una loca. Pero no lograba emprender vuelo. Pantera debió de haberme tomado el pelo. Afortunadamente, habían varios compañeros del Hogar Social esa noche en la ''Sound''.

Quería ver a Piet para contarle lo que me había ocurrido esa noche con Atze. Pero Piet también andaba volado con LSD y su mente estaba en otra esfera. Se contentó con decirme: Me comí un flan de vainilla mientras me repetía a mí misma: La vida es una porquería''. Me levanté y me puse a bailar hasta la hora del cierre. Afuera me reencontré con los muchachos de la pandilla y también estaban Atze y Moni.

Atze se llevó a Moni a su casa. Nosotros nos dirigimos hacia el Zoológico. Alguien sugirió que podíamos ''aterrizar'' en una pista de patinaje del Europacenter. La noche estaba tibia. Me deslicé en aquella agua imaginando que caminaba sobre el mar. Escuché un brusco ruido de vidrios quebrados: Uno de ellos atravesó el vidrio partido, abrió un cajón y nos arrojó un cartucho con monedas.

Antes de percatarnos bien de lo que estaba ocurriendo, todo el mundo se echó a correr. Detlev me esperaba y me cogió de la mano. Cuando llegamos al Café Kranzler, procedimos a repartirnos el botín. A cada uno le correspondió su parte.

Eso le encontré genial. Todos estaban locos de alegría. A causa del dinero que robamos a los guardias privados que vigilaban el Europacenter, nos tuvieron el ojo puesto durante un buen tiempo No se repartió el cartucho con las monedas sino que se abrió y se lanzaron las monedas al aire. Las monedas llovían delante de Café Kranzler. El suelo también quedó cubierto con éstas. Nos fuimos a la estación del Zoo donde ya había abierto un bar. Aquello me produjo una pésima impresión.

Era la primera vez que ponía mis pies en la Estación Zoo. Era repugnante, llena de pequeñines, sucios y muy pobres que estaban revolcados en vómito, borrachos, en todos los rincones. Por cierto que no me imaginé nunca que a partir de entonces y durante muchos meses, yo iba a pasar todas las tardes rodeada por aquel entorno. Alrededor de la seis, decidí regresar a casa. Una vez en mi cama estuve a punto de sufrir un freak-out un mal ''aterrizaje ''producto de la drogadicción por primera vez en mi vida.

Yo había colgado un poster en el muro en el muro que representaba a una negra que estaba fumando un pito. En un rincón de la imagen, abajo, había una pequeña mancha azul. Resolví, y justo a tiempo, concentrar mi espíritu en otra cosa. Me desperté al mediodía, muy tensa, insensible, como muerta. Todo lo que se me ocurrió pensar fue: Me miré en el espejo.

Me odiaba a mí misma. Hasta el día anterior había considerado que mi rostro era estupendo, misterioso, precisamente tenía el aspecto de una chica audaz, que se sabe manejar.

Aquel día tenía un aspecto absolutamente siniestro, las ojeras negras bajo mis ojos parecían estar recubierto de gasas. No puedes seguir aparentando ante Atze y su pandilla''. Durante los días siguientes, me esforcé por matar en mí todo sentimiento por los otros. Me fumaba un pito de tras del otro y durante todo el día tomaba té mezclado con hachís. Al cabo de algunos días me volví a sentir estupendamente.

Me propuse no amar a nadie excepto a mí misma. Pensaba que de allí en adelante sería la dueña de mis sentimientos. Me quedé en casa por primera vez, después de mucho tiempo.

Era incapaz de ver televisión y tampoco podía dormir. No tenía drogas para ''viajar'', me rendí ante la evidencia de que no podía vivir sin la ''Sound'' y mis amigos. Sin ellos, la vida me parecía totalmente vacía. Después que decidí regresar a la ''Sound'' me sorprendí esperando con impaciencia el fin de semana. Interiormente, me estaba preparando para regresar a la ''Sound''. Ensayé diferentes peinados para decidir finalmente no peinarme en forma sofisticada.

El viernes opté por tomarme unos Valiums con un poco de cerveza. Antes de ir a la ''Sound'' me tragué un Mandrake. Así, no tendría miedo de Atze ni de sus compañeros. Me puse un gran sombrero de tela de jean, me senté en una mesa, coloqué mi cabeza debajo y dormí casi toda la noche. Cuando desperté, Detlev había retirado mi sombrero de mi rostro y me acarició los cabellos. Me preguntó qué me ocurría.

Me mostré muy distante, pero lo encontré extraordinariamente amable por ocuparse de mí de esa manera. Para el wikén siguiente estuvimos casi todo el tiempo juntos. Ahora tenía una nueva razón para ir a la ''Sound'': No fue un flechazo como con Atze. Me llevaba muy bien con Detlev pero todo era muy diferente a lo que había conocido a través de Atze. Ninguno era superior al otro ni intentaba imponer su propio punto de vista. Con Detlev yo podía hablar de todo, sin pensar que el explotaba mis puntos débiles.

Claro que no era un tipo fuerte como Atze pera era muy tierno, transparente. Y un día me vi obligada a reconocer que estaba enamorada de Detlev. Por siempre y para siempre.

A veces, ciertamente desagradable, pero esa es la naturaleza de las rupturas, supongo, sobre todo cuando hay niños de por medio [ No puedes protegerlos, porque estarías mintiéndoles.

Durante su separación con Paradis, el actor entabló una cercana amistad con el cantante de heavy metal Marilyn Manson. Creo que hubo una especie de destino que nos juntó recientemente. Heard proporcionó fotos, vídeos y mensajes de texto en los que demostraba que estaba siendo víctima de abusos. Llamó a la Policía, pidió una orden de alejamiento —que, por cierto, le concedieron; es decir, que un juez determinó que se trataba de pruebas convincentes— y pidió el divorcio.

Tiempo después, los representantes del actor presentaron documentos judiciales que respaldaban las declaraciones de Heard, en los que se alegaba que el actor había abusado de ella en varias ocasiones y que incluso había intentado encubrirlo.

En enero de , Depp y Heard llegaron a un acuerdo; Depp le pagaría a ella 7 millones si retiraba la orden de alejamiento contra él y firmaba los acuerdos del divorcio. Luego del divorcio entre ambos, la actriz se comprometió a donar los 7 millones de dólares que le correspondían por el acuerdo del mismo a caridad, los cuales finalmente donó.

Por dicha donación, Heard se encuentra en la lista de honor del hospital de niños de Los Angeles. Depp sufrió una de las peores etapas de su vida luego de su ruptura con Winona Ryder; comenzó a concurrir frecuentemente a fiestas liberales y fue detenido por hacer destrozos en su suite ubicada en un hotel en Nueva York.

El lugar es recordado por la muerte del actor River Phoenix , quien murió frente a este durante un concierto de la banda P debido a una sobredosis de drogas. Fue arrestado en tras pelearse con un paparazi frente a un restaurante mientras cenaba en Londres con su entonces pareja Vanessa Paradis.

El actor recibió el encargo de presentar el premio al mejor documental al productor Shep Gordon en los Hollywood Film Awards. Sin embargo, allegados al actor dijeron que a pesar de que Heard rompió su sobriedad, no necesariamente fue una mala influencia.

También declararon que ella y su familia buscaron ayuda contra este problema. Esta posee seis playas y solo es accesible por barco o hidroavión. Sin embargo, este es alcohólico y conduce un automóvil robado. La asociación Christian Coalition of America criticó al actor diciendo: El 16 de octubre de asistió a un episodio del show televisivo Larry King Live. Cuando el entrevistador, Larry King , le preguntó si tenía fe , Depp respondió: Depp se ha hecho acreedor a una considerable variedad de reconocimientos y honores a lo largo de su trayectoria en el cine.

The Curse of the Black Pearl También fue honrado con una estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood. Resultó nominado a otro Globo de Oro como mejor actor en comedia o musical por su participación en la película Sweeney Todd: The Demon Barber of Fleet Street de Por esta cinta también obtuvo su tercera candidatura al Premio Óscar.

En recibió su primera nominación al Premio Golden Raspberry también conocido como Premio Razzie por su desempeño en el largometraje El llanero solitario. El premio se lo quedó Jaden Smith por su trabajo en After Earth. En agosto de se presentó a la convención de admiradores Expo D23 de Disney para aceptar el galardón Leyenda Disney.

De Wikipedia, la enciclopedia libre. Filmografía de Johnny Depp. A Nightmare on Elm Street The Final Nightmare El sueño de Arizona Don Juan DeMarco Nick of Time Fear and Loathing in Las Vegas The Ninth Gate The Astronaut's Wife Antes que anochezca Desde el infierno The Man Who Cried Pirates of the Caribbean: Once upon a time in Mexico Lost in La Mancha La ventana secreta Happily Ever After Dead Man's Chest At World's End The Demon Barber of Fleet Street The Imaginarium of Doctor Parnassus Alicia en el país de las maravillas On Stranger Tides The Rum Diary Jack and Jill For No Good Reason El llanero solitario Into the Woods Alicia a través del espejo Donald Trump's The Art of the Deal: Asesinato en el Orient Express Los Crímenes de Grindelwald P de P - guitarra, bajo y coros The Demon Barber of Fleet Street banda sonora Music from Another Dimension!

Son of Rogues Gallery: Lost on the River: Hollywood Vampires de Hollywood Vampires - guitarra. Premios y nominaciones de Johnny Depp.

Consultado el 21 de junio de Consultado el 6 de febrero de Consultado el 14 de agosto de Consultado el 15 de febrero de Consultado el 25 de julio de Consultado el 2 de agosto de Vanity Fair en inglés. Archivado desde el original el 13 de abril de Consultado el 3 de marzo de Archivado desde el original el 3 de enero de Consultado el 31 de diciembre de Consultado el 19 de julio de Consultado el 6 de agosto de Consultado el 8 de agosto de A Kind of Illusion en inglés Segunda edición.

Consultado el 26 de julio de Consultado el 1 de agosto de Keeping His Head en inglés. Archivado desde el original el 22 de junio de Consultado el 23 de mayo de Archivado desde el original el 25 de septiembre de Consultado el 15 de agosto de Consultado el 15 de diciembre de Consultado el 13 de agosto de Consultado el 5 de enero de Consultado el 14 de febrero de Rolling Stone en inglés. Consultado el 29 de septiembre de Consultado el 30 de diciembre de Washington Times en inglés.

The New York Times en inglés. Consultado el 17 de agosto de Consultado el 28 de julio de Consultado el 6 de mayo de Consultado el 13 de febrero de Entertainment Weekly en inglés. Consultado el 25 de diciembre de Consultado el 5 de agosto de Consultado el 22 de noviembre de Consultado el 28 de noviembre de Consultado el 18 de agosto de Consultado el 2 de diciembre de Consultado el 13 de mayo de Archivado desde el original el 24 de febrero de Consultado el 21 de mayo de Archivado desde el original el 10 de julio de Archivado desde el original el 24 de diciembre de Consultado el 1 de febrero de Sweet tooth for cash?

Consultado el 25 de febrero de Consultado el 8 de enero de Consultado el 13 de enero de Consultado el 6 de noviembre de Consultado el 8 de julio de The New York Times. Shooting resumes on 'Parnassus'. Consultado el 20 de julio de Consultado el 18 de julio de Consultado el 22 de julio de Consultado el 19 de julio de de Chicago Sun Times en inglés. Consultado el 2 de abril de Consultado el 28 de mayo de Cuando lo encontré en la plaza sólo estaba haciendo tiempo, dijo, y reflexionando a la espera de mi llegada.

Reencontrarlo, pensé, había sido un acontecimiento feliz. El Ojo seguía siendo una persona rara y sin embargo asequible, alguien que no imponía su presencia, 8. Releo estas palabras y sé que peco de inexactitud.

Recuerdo que hacía frío y que de repente oí que el Ojo me decía que le gustaría contarme algo que nunca le había contado a nadie. El Ojo tenía la vista puesta en el sendero de baldosas que serpenteaba por la plaza. Le pregunté de qué se trataba. De un viaje, contestó en el acto. Algo terrible, dijo el Ojo. Me dijiste que eras homosexual, dije yo.

Sentémonos, dijo el Ojo. Alzó el cuello de su abrigo y empezó a hablar. Yo encendí un cigarrillo y permanecí de pie. La historia del Ojo transcurría en la India. Su oficio y no la curiosidad de turista lo había llevado hasta allí, en donde tenía que realizar dos trabajos.

Aquí empieza la verdadera historia del Ojo. De hecho, su reportaje sólo era el primero de una serie que comprendería barrios de tolerancia o zonas rojas de todo el mundo, cada una fotografiada por un fotógrafo diferente, pero todas comentadas por el mismo escritor.

No sé a qué ciudad llegó el Ojo, tal vez Bombay, Calcuta, tal vez Benarés o Madras, recuerdo que se lo pregunté y que él ignoró mi pregunta. Las mujeres vestían a la usanza india, o lo que para el Ojo eran vestimentas indias, pero a los niños incluso una vez los vio con corbata.

Una tarde lo invitaron a tener relación carnal con una de las putas. El chulo comprendió en el acto que el Ojo era homosexual y a la noche siguiente lo llevó a un burdel de jóvenes maricas. Esa noche el Ojo enfermó. Ya estaba dentro de la India y no me había dado cuenta, dijo estudiando las sombras del parque berlinés. Y no hice nada. Entonces a uno de los jóvenes se le ocurrió que tal vez al visitante le agradara visitar otro tipo de establecimiento.

Eso dedujo el Ojo, pues entre ellos no hablaban en inglés. Es costumbre en algunas partes de la India, me dijo el Ojo mirando al suelo, ofrecer un niño a una deidad cuyo nombre no recuerdo. En un arranque desafortunado le hice notar que no sólo no recordaba el nombre de la deidad sino tampoco el nombre de la ciudad ni el de ninguna persona de su historia.

El Ojo me miró y sonrió. Trato de olvidar, dijo. En ese momento me temí lo peor, me senté a su lado y durante un rato ambos permanecimos con los cuellos de nuestros abrigos levantados y en silencio.

Ofrecen un niño a ese dios, retomó su historia tras escrutar la plaza en penumbras, como si temiera la cercanía de un desconocido, y durante un tiempo que no sé medir el niño encarna al dios. Puede ser una semana, lo que dure la procesión, un mes, un año, no lo sé. Durante el transcurso de la fiesta el niño es colmado de regalos que sus padres reciben con gratitud y felicidad, pues suelen ser pobres. Terminada la fiesta el niño es devuelto a su casa, o al agujero inmundo donde vive, y todo vuelve a recomenzar al cabo de un año.

Con una sola diferencia. Al niño, días antes de que empiecen los festejos, lo castran. Así que los padres lo entregan a los médicos de la fiesta o a los barberos de la fiesta o a los sacerdotes de la fiesta y éstos lo emasculan y cuando el niño se ha recuperado de la operación comienza el festejo. Semanas o meses después, cuando todo ha acabado, el niño vuelve a casa, pero ya es un castrado y los padres lo rechazan. Y entonces el niño acaba en un burdel. Los hay de todas clases, dijo el Ojo con un suspiro.

A mí, aquella noche, me llevaron al peor de todos. Durante un rato no hablamos. Yo encendí un cigarrillo. Después el Ojo me describió el burdel y parecía que estaba describiendo una iglesia.

Parecía una niña aterrorizada, dijo el Ojo. Aterrorizada y burlona al mismo tiempo. Me hago una idea, dije. Cuando por fin pude hablar otra vez dije que no, que no me hacía ninguna idea. Ni yo, dijo el Ojo.

Nadie se puede hacer una idea. Ni la víctima, ni los verdugos, ni los espectadores. Me pareció que el Ojo era sacudido por un escalofrío. A mi lado oí sollozar al Ojo un par de veces, pero preferí no mirarlo. Vi los faros de un coche que pasaba por una de las calles laterales de la plaza. A través del follaje vi encenderse una ventana. Después el Ojo siguió hablando.

Dijo que el niño le había sonreído y luego se había escabullido mansamente por uno de los pasillos de aquella casa incomprensible. El Ojo se negó. Se lo dijo así: Y era verdad, aunque él desconocía qué era aquello que le impedía abandonar aquel antro para siempre.

El chulo, sin embargo, lo entendió y pidieron té o un brebaje parecido. El Ojo recuerda que se sentaron en el suelo, sobre unas esteras o sobre unas alfombrillas estropeadas por el uso. La luz provenía de un par de velas. Sobre la pared colgaba un póster con la efigie del dios.

Durante un rato el Ojo miró al dios y al principio se sintió atemorizado, pero luego sintió algo parecido a la rabia, tal vez al odio. Yo nunca he odiado a nadie, dijo mientras encendía un cigarrillo y dejaba que la primera bocanada se perdiera en la noche berlinesa. Se quedó solo con una especie de puto de unos veinte años que hablaba inglés. Y luego, tras unas palmadas, reapareció el niño.

Yo estaba llorando, o yo creía que estaba llorando, o el pobre puto creía que yo estaba llorando, pero nada era No un plan, no una forma vaga de justicia, sino una voluntad. Dijo madre y suspiró. Lo que sucedió a continuación de tan repetido es vulgar: El destino de los latinoamericanos nacidos en la década de los cincuenta. Recuerda con viveza la sensación de exaltación que creció en su espíritu, cada vez mayor, una alegría que se parecía peligrosamente a algo similar a la lucidez, pero que no era no podía ser lucidez.

En cualquier otra parte hubiera concitado la atención. Allí, a aquella hora, nadie se fijó en él. El Ojo volvió al hotel, metió sus cosas en la maleta y se marchó con los niños. Primero en un taxi hasta una aldea o un barrio de las afueras.

El Ojo recordaba el rostro de los niños mirando por la ventana un paisaje que la luz de la mañana iba deshilachando, como si nunca nada hubiera sido real salvo aquello que se ofrecía, soberano y humilde, en el marco de la ventana de aquel tren misterioso.

Los niños estaban bien. Jugaban con otros niños, no iban a la escuela y a veces llegaban a casa con comida, hortalizas que los vecinos les regalaban.

Ante los aldeanos, sin embargo, el Ojo decía que eran sus hijos. Se inventó que la madre, india, había muerto hacía poco y él no quería volver a Europa. La historia sonaba verídica. En sus pesadillas, no obstante, el Ojo soñaba que en mitad de la noche aparecía la policía india y lo detenían con acusaciones indignas. Entonces se acercaba a las esterillas en donde dormían los niños y la visión de éstos le daba fuerzas para seguir, para dormir, para levantarse.

Cultivaba un pequeño huerto y en ocasiones trabajaba para los campesinos ricos de la aldea. Entre ellos hablaban en un idioma incomprensible. Los llamaba a gritos. A veces los niños fingían no oírlo y seguían caminando hasta perderse.

Otras veces volvían la cabeza y le sonreían. Un año y medio, dijo el Ojo, aunque a ciencia cierta no lo sabía. En una ocasión su amigo de París llegó a la aldea. Se rió después de decirlo. Yo también me reí. Todo era tan triste, dijo el Ojo. Pese a los ruegos del francés no volvió a París. Meses después recibió una carta de éste en la que le comunicaba que la policía india no lo perseguía. Al parecer la gente del burdel no había interpuesto denuncia alguna. La noticia no impidió que el Ojo siguiera sufriendo pesadillas, sólo cambió la vestimenta de los personajes que lo detenían y lo zaherían: Después llegó la enfermedad a la aldea y los niños murieron.

Yo también quería morirme, dijo el Ojo, pero no tuve esa suerte. Tras convalecer en una cabaña que la lluvia iba destrozando cada día, el Ojo abandonó la aldea y volvió a la ciudad en donde había conocido a sus hijos. Con atenuada sorpresa descubrió que no estaba tan distante como pensaba, la huida había sido en espiral y el regreso fue relativamente breve.

Una tarde, la tarde en que llegó a la ciudad, fue a visitar Sus habitaciones se habían convertido en viviendas en las que se hacinaban familias enteras. Le pareció una imagen del paraíso. Y su amigo francés le dijo que se calmara. Y el Ojo se rió sin dejar de llorar y dijo que eso haría y colgó el teléfono. Y luego siguió llorando sin parar.

Tenía veintitrés años y sabía que mis días en México estaban contados. Mi amigo Montero, que trabajaba en Bellas Artes, me consiguió un trabajo en el taller de literatura de Gómez Palacio, una ciudad con un nombre horrible. El empleo acarreaba una gira previa, digamos una forma agradable de entrar en materia, por los talleres que Bellas Artes tenía diseminados en aquella zona. Primero unas vacaciones por el norte, me dijo Montero, luego te vas a trabajar a Gómez Palacio y te olvidas de todo.

No sé por qué acepté. Luego estuve en Torreón y en Saltillo. Finalmente llegué a Gómez Palacio y visité las instalaciones de Bellas Artes, conocí a los que iban a ser mis alumnos. Temblaba todo el tiempo pese al calor que hacía.

La directora, una mujer de ojos saltones, regordeta, de mediana edad, que llevaba un gran vestido estampado con casi todas las flores del estado, me instaló en un motel de las afueras, un motel espantoso en medio de una carretera que no llevaba a ninguna parte.

A media mañana iba ella misma a recogerme. Tenía un coche enorme, de color azul cielo, y manejaba tal vez de una forma un tanto temeraria, aunque en líneas generales se podría decir que no lo hacía mal. Invariablemente lo primero que hacíamos era ir a un restaurante de carretera que se divisaba a lo lejos desde mi motel, una protuberancia rojiza en el horizonte amarillo y azul, a tomar unos jugos de naranja y huevos a la mexicana, seguidos de varias tazas de café, que la directora pagaba con vales de Bellas Artes supongo , nunca con dinero.

Luego se reclinaba en el asiento y se ponía a hablar de su vida en aquella ciudad del norte y de su poesía, que había publicado en la pequeña editorial que Bellas Artes sufragaba en el estado, y de su marido, que no entendía el oficio de poetisa ni los dolores que tal oficio conllevaba. La primera vez casi no le presté atención al patio. La segunda vez me puse a temblar. Todo aquello no tenía sentido, pensaba, pero en el fondo sabía que tenía sentido y ese sentido era el que me desgarraba, para utilizar una expresión un tanto exagerada que yo, sin embargo, no consideraba exagerada.

Tal vez confundía entonces sentido con necesidad. Tal vez sólo estaba nervioso. Por las noches me costaba dormir. Antes de meterme en la cama me aseguraba de que las puertas y las ventanas de mi habitación estuvieran herméticamente cerradas. Me levantaba continuamente e iba al baño a llenarme el vaso con agua.

A veces me olvidaba de mis aprensiones y me quedaba junto a la ventana observando el desierto de noche. Luego volvía a la cama y cerraba los ojos, pero como había bebido tanta agua no tardaba en levantarme de nuevo, esta vez para orinar. Y ya que me había levantado volvía a comprobar las cerraduras de la habitación y volvía a quedarme quieto escuchando los ruidos lejanos del desierto motores en sordina, coches que iban hacia el norte o hacia el sur o mirando la noche a través de la ventana.

Hasta que amanecía y entonces por fin podía dormir algunas horas seguidas, dos o tres como mucho. Esa misma tarde, cuando me llevaba de vuelta al motel me preguntó si quería conducir yo durante un rato.

No sé manejar, le dije. Ella se puso a reír y frenó junto al arcén. Un camión frigorífico pasó a nuestro lado. Sobre un fondo blanco alcancé a leer en grandes letras azules: Venía de Monterrey y el conductor nos miró con un interés que me pareció desmedido. La directora abrió su portezuela y se bajó. Ponte en el asiento del conductor, dijo. Mientras asía el volante la vi dar la vuelta por la parte delantera. Luego se puso en el asiento del copiloto y me ordenó que nos fuéramos.

Durante mucho rato conduje por la banda gris que unía Gómez Palacio con mi motel. Al llegar a éste no me detuve. Cuando se quedó sin palabras encendió el radiocassette y puso una cinta de una cantante de rancheras. Tenía una voz triste que siempre iba un par de notas por delante de la orquesta. Soy su amiga, dijo la directora. Soy íntima amiga de la cantante, dijo la directora. Es de Durango, dijo. Sí, estuve en Durango, dije. Peores que aquí, dije como cumplido aunque ella no pareció considerarlo así.

A veces, cuando va a su ciudad natal para ver a su madre, me telefonea Qué bien, dije sin quitar los ojos de la carretera. Me alojo en su casa, en la casa de su madre, dijo la directora. Dormimos las dos en su habitación y nos pasamos horas hablando y escuchando sus discos.

De vez en cuando cualquiera de las dos va a la cocina y prepara un cafecito. Y tomamos café y comemos galletas. Nos conocemos desde que teníamos quince años. Es mi mejor amiga. En el horizonte vi unos montes bajos entre los cuales se perdía la carretera. Por el este empezaba a aparecer la noche.

La directora no estaba presente. Dos de ellos vestían con una humildad extrema. Otro de los muchachos era mesero en un restaurante italiano. Los otros dos iban a la prepa y la muchacha ni estudiaba ni trabajaba. Por azar, le respondí. Durante un rato los seis nos quedamos callados. Sopesé la posibilidad de trabajar en Gómez Palacio, de vivir allí para siempre. Había visto en el patio a un par de alumnas de pintura que me parecieron bonitas.

Con suerte podía casarme con una de ellas. Imaginé un noviazgo largo y complicado. Imaginé una casa oscura y fresca y un jardín lleno de plantas. Hubiera podido responderle cualquier cosa.

Y también vi a sus compañeros: Pero yo ya no estaba seguro de nada. Cuando salimos, la directora me estaba esperando junto a dos tipos que resultaron ser funcionarios del estado de Durango. No sé por qué, pensé que eran policías y que habían ido a detenerme.

Los muchachos se despidieron de mí y se marcharon, la chica flacucha con un chico y los otros tres solos. Los vi atravesar un pasillo de paredes desconchadas. Los seguí hasta la puerta, como si hubiera olvidado decirle algo a uno de ellos. Allí los vi perderse por los dos extremos de aquella calle de Gómez Palacio.

Entonces la directora dijo: La carretera había dejado de ser una línea recta. Por el espejo retrovisor vi un muro enorme que se alzaba tras Tardé en reconocer que era la noche. En el radiocassette la cantante empezó a gorjear otra canción. Hablaba de una población perdida en el norte de México en donde todo el mundo era feliz, menos ella. Me pareció que la directora estaba llorando. Un llanto silencioso y digno, pero incontenible. Sin embargo no podía confirmarlo.

Mis ojos no se apartaban ni un segundo de la carretera. Luego la directora sacó un pañuelo y se sonó. Encienda los faros, oí que me decía con una voz apenas audible. Encienda las luces del carro, repitió, y sin esperar una respuesta se inclinó sobre el tablero y encendió ella misma las luces. Una canción muy triste, dije por decir algo. El coche quedó aparcado a un lado de la carretera.

Abrí la puerta y me bajé: Las tierras a mi alrededor, los montes en los que se perdía la carretera, eran de un color amarillo oscuro tan intenso como no he visto nunca. Me dio vergüenza pensar algo semejante. Un coche pasó junto a mí tocando el claxon. Le menté la madre con un gesto. Tal vez no fue sólo un gesto. Tal vez grité chinga tu madre y el conductor me vio o me oyó.

Pero eso, como casi todo en esta historia, es improbable. Con prudencia, me encaminé hacia donde estaba la directora. Ella bajó la ventanilla y me preguntó qué había pasado. Le dije que no lo sabía.

Es un hombre, dijo ella, y se movió para ponerse en el asiento del conductor. Ocupé el asiento que ella había dejado libre. A través de la ventanilla pude ver la silueta de un hombre, la nuca de alguien que miraba, como nosotros, la línea de la carretera que empezaba a serpentear hacia los montes. Es mi marido, dijo la directora sin dejar de mirar el coche detenido y como si hablara consigo misma. Luego puso la otra cara de la cinta y subió el volumen. Mi amiga a veces me llama por teléfono, dijo, cuando se va de gira por ciudades desconocidas.

Una vez me llamó desde Ciudad Madero, estuvo toda la noche cantando en un local del sindicato petrolero y me llamó a las cuatro de la mañana. Otra vez me llamó desde Reinosa. Qué bien, dije yo. No, ni bien ni mal, dijo la directora.

A veces tiene esa necesidad. Cuando contesta mi marido ella cuelga el teléfono. Durante un rato ninguno de los dos dijo nada. Me imaginé al marido de la directora con el teléfono en la mano.

Coge el teléfono, dice bueno, quién es, luego escucha que del otro lado cuelgan y él también cuelga, casi como un acto reflejo.

Le pregunté a la directora si quería que bajara y fuera a decirle algo al conductor del otro coche. No es necesario, dijo. Le pregunté qué creía que iba a hacer su marido, si es que en verdad era su marido.

Entonces lo mejor sería irnos ya mismo, dije yo. Miré por la ventanilla. El conductor en ese momento me dio la espalda y no pude verle la cara. No, dijo la directora, y se echó a reír. Creo que no era. Yo también me puse a reír.

El carro se parecía al de él, dijo entre hipidos de risa, pero me parece que no era él. A menos que haya cambiado la matrícula, dijo la directora. Comprendí en ese momento que todo había sido una broma y cerré los ojos.

Después salimos de los cerros y entramos en el desierto, una planicie que barrían las luces de los coches que iban al norte o en dirección a Gómez Palacio. Ya era de noche. Mira, dijo la directora, vamos a llegar a un sitio muy especial. Ésa fue la palabra que empleó. El coche salió de la carretera y se detuvo en una suerte de zona de descanso, aunque en realidad aquello no era nada, sólo tierra y un espacio grande para estacionar camiones.

A lo lejos brillaban las luces de algo que podía ser un pueblo o un restaurante. La directora me indicó un punto impreciso. Incluso pasó un paño por la ventanilla delantera para que viera mejor. Y luego vi el desierto y vi unas formas verdes. La directora me miró: Luego volví a mirar hacia donde ella indicaba: Una lentitud exasperante que sin embargo ya no nos afectaba. Después la directora puso el motor en marcha, dio la vuelta y volvimos al motel.

Cuando llegamos la directora se bajó del coche y me acompañó un trecho. Antes de llegar a mi habitación me dio la mano y se despidió de mí.

Le agradecí que no hubiera dicho que los dos éramos poetas. Cuando entré en mi habitación encendí la luz, me saqué la chaqueta, bebí agua directamente del grifo. Luego me acerqué a la ventana. Abrí la puerta y un soplo de aire del desierto me dio de lleno en la cara. El coche estaba vacío. Cuando amaneció ella misma me vino a buscar. Me acompañó hasta la estación de autobuses y me dijo que si finalmente decidía aceptar el trabajo sería bienvenido en el taller. Le dije que me lo tenía que pensar.

Ella dijo que eso estaba bien, que había que pensar las cosas. Me incliné y la abracé. El asiento que me tocó daba al otro lado, así que no la pude ver cuando se marchó. Después tuve que sentarme porque otros viajeros pasaban por el pasillo o se acomodaban en los asientos de al lado y cuando volví a mirar ya no estaba. B y el padre de B salen de vacaciones a Acapulco. Parten muy temprano, a las seis de la mañana.

Esa noche, B duerme en casa de su padre. Oye a su padre en el baño. B no enciende la luz y se viste. Café y huevos a la ranchera.

B saluda a su padre y entra en el baño. El coche del padre de B es un Ford Mustang del A las seis y media de la mañana suben al coche y comienzan a salir de la ciudad. La ciudad es México Distrito Federal, y el año en que B y su padre abandonan el DF por unas cortas vacaciones es el año de Al salir del DF, ambos, padre e hijo, tienen frío, pero cuando abandonan el valle y comienzan a bajar en dirección a las tierras calientes del estado de Guerrero, el calor se impone y tienen que quitarse los suéters y abrir las ventanillas.

El paisaje, al principio, ocupa toda la atención de B, que tiende o eso cree él a la melancolía, pero al cabo de las horas las montañas y los bosques se hacen monótonos y B prefiere dedicarse a leer un libro. Antes de llegar a Acapulco el padre de B detiene el coche delante de un tenderete de la carretera.

En el tenderete ofrecen iguanas. B lo observa apoyado en el guardabarros del Mustang. Sin esperar respuesta, el padre de B pide una ración de iguana para él y para su hijo. Sólo entonces B se mueve. Para beber, el padre de B pide cervezas. Los dos llevan las camisas arremangadas y desabotonadas. Los dos llevan camisas de colores claros.

El hombre que los atiende, por el contrario, lleva una camiseta negra de manga larga y el calor no parece afectarlo. El padre de B asiente. Por la carretera brillante los coches pasan y no se detienen. Por un momento B cree que su padre va a orinar, pero pronto se da cuenta de que se ha metido en la cocina para observar cómo cocinan la iguana. El hombre lo sigue en silencio. B los oye hablar. B tiene la Se las quita y las limpia con la punta de la camisa. En realidad, sólo ve la cara de su padre y parte de su hombro, el resto queda oculto por una cortina roja con lunares negros, una cortina que a B, por momentos, le parece que no sólo separa la cocina del comedor sino un tiempo de otro tiempo.

Entonces B desvía la mirada y vuelve a su libro, que permanece abierto sobre la mesa. Es un libro de poesía. Una antología de surrealistas franceses traducida al español por Aldo Pellegrini, surrealista argentino. Le gustan las fotos de los poetas. La foto de Unik, la de Desnos, la de Artaud, la de Crevel. No es B quien lo ha forrado B nunca forra sus libros sino un amigo particularmente puntilloso.

El calor es sofocante. De buena gana B volvería al DF, pero no va a volver, al menos no ahora, eso lo sabe. La iguana sabe a pollo. Es sabrosa, dice su padre, y pide otra ración. Toman café de olla. Los platos de iguana se los ha servido el hombre de la camiseta negra, pero el café lo trae la mujer de la cocina. Es joven, casi tan joven como B, y va vestida con shorts blancos y una blusa amarilla con estampado de flores blancas, unas flores que B no reconoce y que tal vez no existen.

Pero eso no puede ser, piensa B. El toldo, dice B. Es como una vena. Al atardecer llegan a Acapulco. Durante un rato vagan por las avenidas cercanas al mar. Se detienen en un bar y entran a beber. Esta vez el padre de B pide tequila. B se lo piensa un momento. El bar es moderno y tiene aire acondicionado.

El padre de B conversa con el camarero, le pregunta por hoteles cercanos a la playa. Cuando vuelven al Mustang ya se ven algunas estrellas y el padre de B parece, por primera vez en lo que va de día, cansado. Al padre de B le gusta el hotel. A B también le gusta.

El aire acondicionado, no tardan en descubrirlo, no funciona. Pero la habitación es bastante fresca y no protestan. Así que se instalan, deshacen cada uno su maleta, meten la ropa en los armarios, B deja sus libros sobre el velador, se cambian de En la recepción del hotel encuentran a un tipo bajito y con dientes de conejo. B entiende a lo que se refiere su padre. El recepcionista no lo entiende. Un sitio con acción, dice el padre de B. Un lugar donde se puedan encontrar muchachas, dice B. Ah, dice el recepcionista.

Durante un instante B y su padre permanecen inmóviles, sin hablar. El recepcionista se agacha, desaparece debajo del mostrador y luego vuelve a aparecer con una tarjeta que le tiende al padre de B. Éste la mira, pregunta si el establecimiento es de confianza, y después extrae de la billetera un billete que el recepcionista coge al vuelo. Pero esa noche, después de cenar, vuelven directos al hotel. Al día siguiente B despierta muy temprano.

Sin hacer ruido se ducha, se lava los dientes, se pone el traje de baño y abandona la habitación. En el comedor del hotel no hay nadie, por lo que B decide desayunar fuera. La calle del hotel baja perpendicularmente hacia la playa. Allí sólo hay un adolescente que alquila tablas.

B le pregunta el precio por una hora. El adolescente dice una cifra que a B le parece razonable, así que alquila una tabla y se mete en el mar.

Enfrente de la playa hay una pequeña isla y hacia allí dirige B su embarcación. Al principio le cuesta un poco, pero no tarda en dominarla. El mar, a esa hora, es cristalino y antes de llegar a la isla B cree ver peces rojos bajo su tabla, peces de unos cincuenta centímetros de longitud que se dirigen hacia la playa mientras él rema hacia la isla.

El trayecto entre la playa y la isla dura exactamente quince minutos. B no lo sabe, pues no tiene reloj, y el tiempo se le alarga. La travesía entre la playa y la isla le parece que dura una eternidad. Y justo antes de llegar unas olas imprevistas dificultan su aproximación a la playa, una playa que puede apreciar de arena muy distinta de la playa del hotel, pues en aquélla la arena, tal vez por la hora aunque B no lo cree así , era de un color de tonos dorados y marrones y la de la isla es una arena blanca, refulgente, tanto que hace daño mirarla mucho rato.

Entonces B deja de remar y se queda quieto, a merced del oleaje, y las olas comienzan a alejarlo paulatinamente de la isla. Después de calcular las distancias B opta por regresar.

Las horas siguientes son confusas. Vagabundean, observan a la gente desde el interior del coche, a veces bajan y se toman un refresco o un helado. Esa tarde, en la playa, mientras su padre duerme estirado en una tumbona, B lee otra vez los poemas de Gui Rosey y la breve historia de su vida o de su muerte. Intentan obtener el visado para viajar a los Estados Unidos. El consulado norteamericano dilata la decisión día tras día. A este grupo pertenece Gui Rosey.

Su foto es la foto de un poeta menor, piensa B. Es feo, es atildado, parece un oscuro funcionario de ministerio o un empleado de banca. Hasta aquí, pese a las disonancias, todo normal, piensa B. Hacen planes, conversan, Rosey no falta a ninguna cita. Un día, sin embargo un atardecer, intuye B , Rosey desaparece.

Al principio, nadie lo echa en falta. Es un poeta menor y los poetas menores pasan desapercibidos. Al cabo de los días, no obstante, comienzan a buscarlo. Sus amigos lo buscan. Recorren hospitales y retenes de la gendarmería. Nadie sabe nada de él. Una mañana llegan los visados y la mayoría de ellos coge un barco y sale para los Estados Unidos.

Prostitutas para menores charlie y la fabrica de prostitutas -

Qué bien, dije yo. Hablamos largamente acerca del cuadro. Era un caballo chilote, de Chiloé, dice, y tras pensar un instante vuelve a hablar de los burdeles. Una tarde, un miembro de la pandilla llegó al Hogar y anunció: Cuando tenía dinero se lo daba. Acto seguido recita un texto con una rima pegajosa que a B le parece similar a una ronda infantil, algo, prostibulos colombia prostitutas lujo cordoba cualquier caso, muy lejano a los poetas que él lee. No se repartió el cartucho con las monedas sino que se abrió y se lanzaron las monedas al aire. Una chica a la que el quería mucho. Reuní las botellas que estaban dispersas por todas partes. También trajo consigo un ''shilom'', una pipa especial para fumar hachís que tenía forma de tubo de madera de unos veinte centímetros de largo. Al Ramada es mejor que no vayan, dice el recepcionista. Nos juntamos en su casa para esperar a su novio, Micha. Por aquellos días se decía que el Ojo Silva era homosexual.

Prostitutas para menores charlie y la fabrica de prostitutas -

Sobre un fondo blanco alcancé a leer en grandes letras azules: Al principio, nadie lo echa en falta. El coche del padre de B es un Ford Mustang del prostitutas para menores charlie y la fabrica de prostitutas

0 thoughts on “Prostitutas para menores charlie y la fabrica de prostitutas”

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *